QUE LES DEN DOS DUROS. PA PIPAS.

     Me acerco por delante y por detrás, bordeo los riscos, estoy a unos milímetros de ti. Me planto. Respeto tus distancias, la decisión que tomaste de quedarte al margen, adentro, segura. De cerrar compuertas. Te proteges del mundo. Como todas las personas quebrantables, frágiles y tiernas que conozco. No hay tantas, no creas. Está perfecto, que seas tú quien marque sus territorios, el hasta dónde, el hasta aquí, el ni te atrevas. Te admiro, sabes te admiro por la soberanía, la entereza, por ese darte limitado. Hay un pedazo grande que te quedas, que te guardas, que te miras cuando se cierra la cremallera de tu saco de dormir. Los Picos de Urbión, Monteperdido, La Maliciosa. Tus pies, el graznido de un cuervo, el frío que te entrega a la vida. Que me encoge los huesos. Te encuentras arriba de las cumbres, con todo el horizonte blanco para ti. Desaparecen las dudas, lo que opinan o desean los demás, lo que temen, lo que proyectan. Ahí estás bien.

      Y me alegro, me alegro porque poca gente se atreve a subir tan alto, tan sola, tan fuerte. Poca gente se atreve a realizar lo que realmente desea. A olvidar el estatus, la ingeniería, la edad, el género, lo que esperan la madre, el padre, el amigo, el mentor. Te guardo la identidad, tranquila. Pero es eso, que me alegro, y que les den dos duros. Pa pipas. Ésta es la tuya: tu cuadro, tu pintura, tu lienzo, tu historia. Planta tu bandera o cárgala a cuestas, continúa la ruta, anda muy lento.

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LA GLORIA

       Suelta tus éxitos. Lo que crees tuyo, lo que sientes propio, aquello de lo que tanto te enorgulleces. Dalo. No te lo quedes. No te engañes. No pienses que se debe a algún tipo de cualidad que te hace grande, mejor, no creas caminar sobre las aguas. No mires al resto de mortales desde el cielo. Hazte un favor y no te des importancia. Porque no la tienes. Lo cierto es que no eres más hábil, más inteligente, más capaz que cualquiera. Cada cual cumple su lugar en esta esfera verde. El que amasa los panes a las cuatro de la madrugada, la que limpia el sudor de los viejos, la que pide en el Día, y luego compra tres barras de pan y un refresco. Con monedas diminutas. Más de cien, creo. Esparcidas por la caja. Y la cajera contando. Y la mujer atusándose el pañuelo. Abrochándose hasta el último botón del jersey. Porque hace frío. Y un jersey no más no sirve para abrigarse en el invierno.
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FUI INMORTAL

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Hubo una época en la que fui inmortal. No me creeréis, diréis que miento, exagero, pero lo juro. Tenía apenas nueve años. El pelo de loca, la piel quemada por el sol, la boca amplia. Mi familia y yo pásabamos los veranos en Noja, un pueblo costero de Cantabria. Por aquel entonces, el turismo masivo no había llegado al norte, no había ningún chiringuito ni había ocurrido lo del Prestige. La playa estaba virgen. Mis hermanos y yo éramos pobladores exclusivos de las aguas. Buceábamos con mi padre en busca de pulpos y sepias, mi madre se quedaba en la orilla, mirando. Yo creo que, para entonces, ella notaba algo raro, presentía lo que os digo, que yo era inmortal, y me observaba. Con una mezcla de orgullo y nostalgia.

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NO ME INVITES A CERVEZAS

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No sabes quién soy. Tú piensas que sí y me pones títulos como la gente que nombra a las montañas. Por subir el Everest no lo conoces, recuerda. Lo pisas, lo sientes, haces la foto y te vas. Y entonces el Everest deja de llamarse “Everest” y empieza a ser otra cosa. Algo más puro, más basto, más digno de lo que admiran tus ojos.Conmigo sucede igual. Puedes abrazarme, darme besos, subir a las cimas, poner la bandera, sin tocarme.

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BESTIAS SALVAJES

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A veces hay que esquivar a la gente. Decirles que no. Poner mala cara, mandarles callar. Hay que romper compromisos, faltar al trabajo, dejar lavadoras sin poner. Comer pan y agua, rascar entre horas, cerrar todas las puertas de la casa, lo que sea. Lo que sea con tal de estar sola de nuevo. Sin nada. Tan arisca y feliz como los gatos. Cuando se relamen las patas.

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ME ESTOY VOLVIENDO SUPERFICIAL

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Y no me culpo. Es cansado nadar en el fondo. Siempre. Yo creo que el problema de todas es ése. Que el gran estorbo, la piedra más gigante en el camino, la ruina del corazón, es volverse superficial. Hartarse de las puestas de sol, hartarse del ingenio de los niños, hartarse hasta de los besos, la poesía, los bosques de hayas, la migración de las aves. Mirar las cosas como si las hubiéramos visto ciento treinta veces. Como si las supiéramos. Como si fuéramos a vivir para siempre.

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VOLVER A NACER

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Un día de estos vas a hacer un agujero en la tierra y te vas a enterrar, lo sé. Y vas a pasar la noche a solas, a oscuras, con el sonido de los grillos. En pocas horas amanecerá y sabrás que el sol está saliendo. Abrirás los ojos, sacarás las uñas, arañarás la arena. Para salir a la luz y volver a nacer. Tendrás la fuerza de los capitanes de barco, cuando se acercan piratas y el mar está bravo y los hombres borrachos. Serás capaz de coger tú sola el timón, con tus dos manos nuevas, con la lucidez de quien acaba de llegar al mundo y lo ve todo limpio. Empezarás, como empiezan las lagartijas que se quedan sin rabo. Un paso, el siguiente, de repente un rato a la sombra. El aliento, amiga, es lo último que se pierde.

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