EL SELLO DEL ÁNGEL

Las que malcaminan y tiran de su cuerpo. Las que tienen las rodillas del revés. Las que se caen por la calle de repente. Y nos sacan del ensimismamiento, de la tontuna, de la gilipollez. Las que nacieron mancas, las que van por ahí con una válvula en el corazón, las que no entienden la química, ni las palabras, ni los modales. Las que se saltan los códigos, las que apenas ven el árbol que tienen en frente, las que se mean encima, las que se cagan encima, las que sonríen todo el tiempo, las de la baba, las del culo de vaso y el final de la clase y la visita al especialista, y al fisio, y al de después.

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ESTÁ LLEGANDO EL INVIERNO

Pasa una cosa rara que sucede entre cuatro paredes y ocurre dentro. Todo empieza cuando no sabes lo bien que se está dentro. Cuando te has tirado la vida entre pinos y alcornoques, y has ido a la piscina, al río, al callejón oculto, a la loma verde, y no has parado en toda tu vida porque parar, te parecía, era la muerte. Y, de repente, un virus, una jodida pandemia, que te planta. Y tú con el pelo lleno de zarzas, las mejillas oscuras, los pies inquietos. ¿A dónde ir, entretanto? A ver si pasa pronto. Seguir leyendo

MIS DOS MADRES

Mi madre solía presumir de lo bien que comían sus hijos. Yo adoraba las meriendas. Las meriendas eran un símbolo. Estábamos fuera de las lindes del colegio. Había batido de frutas con galletas. Juegos y canciones, vídeos caseros grabados con la cámara de mi padre. Recuerdo que queríamos hacer todo tipo de trucos con esa cámara. Poner un peluche, un conejo enorme y blanco, en el sofá, grabarlo, cortar la toma, quitarlo, y volver a grabar. Como si el conejo hubiese desaparecido por sus propios medios. Pobre conejo, que era blanco y acabó con las mejillas sonrosadas porque yo se las pinté. Cogí el pintalabios de mi madre y se las pinté.

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FURGONES POLICIALES

La casa entera es un paisaje. Se ha invertido el orden de las cosas. Por primera vez, las flores crecen dentro. El universo, ahora, es un potaje. El ruido de las cacerolas, los calcetines impares, la ducha. La ducha es un maná, hoy más que siempre. A falta de paseos, me recreo en el olor de los armarios, meto la mano en las macetas, paso la escoba dos veces. El silencio rodea los espacios cotidianos. Hay un gato que se muere de hambre. Está en el parque, maúlla. Bueno, llora. Antes le ponían la comida en la puerta. Ya no, aunque quisieran. Continuamente pasan los furgones policiales.

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OVARIOS POLIQUÍSTICOS

No es superficialidad, es ir al núcleo. Yo quiero ir al núcleo mismo de la vida. Ayudarme, sentirme, saber quién soy. No puedo saber quién soy con la cabeza, lo he intentado y me confundo. Me acaban liando las ideas. No puedo saber quién soy si me juzgas, si me aconsejas, si proyectas tu película sobre mí. Lo siento, ahora mismo necesito que pases palabra, que me respetes, que me regales silencios. No quiero saber tu opinión… Bueno, en realidad sí, quiero, me muero por saber tu opinión, me he pasado media vida pendiente de tu opinión, la de mis padres, la del vecino. Pero hoy, tu opinión, la que deseo, me turba y me revuelve. Click aquí y sigue leyendo

CUMPLIR TU DHARMA

       No haces más que recopilar folios. Haces fotocopias, miles, y las metes en carpetas que luego no abres. Compras algo de ropa, no mucha, según. Te la pones un par de veces, a lo sumo, y ya está, dejas de verte con ella. No te va, o tú no le vas a la ropa, es confuso. Andas de aquí para allá, desquiciada. Te sabes el nombre de los riscos y las llanuras, bordeas el río como quien repasa. Lloras. Pero te dura el llanto un minuto, como mucho, no tiene sentido. Entiendes que no tiene sentido seguir llorando y te guardas. Te metes adentro el agua, la sal, la angustia, el grito. Te apuntas a cursos, dejas de ir, no te interesa más que el sol. Que te dé un poco el sol en la cara.

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QUE LES DEN DOS DUROS. PA PIPAS.

Me acerco por delante y por detrás, bordeo los riscos, estoy a unos milímetros de ti. Me planto. Respeto tus distancias, la decisión que tomaste de quedarte al margen, adentro, segura. De cerrar compuertas. Te proteges del mundo. Como todas las personas quebrantables, frágiles y tiernas que conozco. No hay tantas, no creas. Está perfecto, que seas tú quien marque sus territorios, el hasta dónde, el hasta aquí, el ni te atrevas. Te admiro, sabes te admiro por la soberanía, la entereza, por ese darte limitado. Click aquí y sigue leyendo

LA GLORIA

Suelta tus éxitos. Lo que crees tuyo, lo que sientes propio, aquello de lo que tanto te enorgulleces. Dalo. No te lo quedes. No te engañes. No pienses que se debe a algún tipo de cualidad que te hace grande, mejor, no creas caminar sobre las aguas. No mires al resto de mortales desde el cielo. Hazte un favor y no te des importancia. Porque no la tienes. Lo cierto es que no eres más hábil, más inteligente, más capaz que cualquiera. Cada cual cumple su lugar en esta esfera verde. El que amasa los panes a las cuatro de la madrugada, la que limpia el sudor de los viejos, la que pide en el Día, y luego compra tres barras de pan y un refresco. Con monedas diminutas. Más de cien, creo. Esparcidas por la caja. Y la cajera contando. Y la mujer atusándose el pañuelo. Abrochándose hasta el último botón del jersey. Porque hace frío. Y un jersey no más no sirve para abrigarse en el invierno.
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FUI INMORTAL

Hubo una época en la que fui inmortal. No me creeréis, diréis que miento, exagero, pero lo juro. Tenía apenas nueve años. El pelo de loca, la piel quemada por el sol, la boca amplia. Mi familia y yo pásabamos los veranos en Noja, un pueblo costero de Cantabria. Por aquel entonces, el turismo masivo no había llegado al norte, no había ningún chiringuito ni había ocurrido lo del Prestige. La playa estaba virgen. Mis hermanos y yo éramos pobladores exclusivos de las aguas. Buceábamos con mi padre en busca de pulpos y sepias, mi madre se quedaba en la orilla, mirando. Yo creo que, para entonces, ella notaba algo raro, presentía lo que os digo, que yo era inmortal, y me observaba. Con una mezcla de orgullo y nostalgia.

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NO ME INVITES A CERVEZAS

No sabes quién soy. Tú piensas que sí y me pones títulos como la gente que nombra a las montañas. Por subir el Everest no lo conoces, recuerda. Lo pisas, lo sientes, haces la foto y te vas. Y entonces el Everest deja de llamarse “Everest” y empieza a ser otra cosa. Algo más puro, más basto, más digno de lo que admiran tus ojos.Conmigo sucede igual. Puedes abrazarme, darme besos, subir a las cimas, poner la bandera, sin tocarme.

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